Mensaje de texto, viernes 26 de febrero 2010
En la noche asado donde la Sole, ¿Te animai?
Una semana antes había quedado de ir a la Batuta a escuchar unas bandas tributo a Radiohead, Alice in Chains y Pearl Jam, así que esa noche fui al asado y cerca de la media noche, partí a reunirme con mi prima Pau, Su y Coke para disfrutar de una noche de rock.
Las horas avanzaban y ya un imitador de Vedder entonaba esos himnos de los noventas, hasta que llegó Evolution. El público saltaba y cantaba efusivamente. De pronto paro a mi prima para decirle que era increíble como el piso se movía con los saltos de la masa, mi prima se tranquiliza y me mira con cara de asombro, ambas nos reímos al mismo tiempo impactadas por el movimiento.
Todo fue muy rápido, recuerdo el coro: “It’s evolution baby” y la tierra comenzó a sacudirse con fuerza. Una estampida subía la angosta escalera que separa la “platea” del escenario y la pista de baile. Había gritos, vasos quebrándose. No recuerdo en qué momento se cortó la luz, sólo una bola de espejos amenazante, nosotros cuatro que nos mirábamos abrazados, buscando la tranquilidad en nuestros ojos: -“Estamos todos bien”- Alguno dijo, nos aferramos nuevamente, buscamos un lugar donde no fuera posible que nos cayera algo encima y esperamos los tres y algo minutos más largos que pueda recordar.
Yo repetía en voz alta: “Esto no es un temblor cualquiera, esto es un terremoto” No llegaba a dimensionar cuán nerviosa y shockeada estaba.
No terminaba de temblar y llama mi hermano, aunque no pudimos hablar. Luego mi madre, quien me suplicó que no regresara a mi departamento y me quedara con mi prima.
Sin luz, salimos del local, vidrios rotos por todas partes y dos chicas que tratando de hablar por teléfono, se preguntaban dónde habría un After hour.
Llegamos al auto, no más de 15 minutos de terminado el terremoto. Radio, la Presidenta diciendo que no hay riesgo de tsunami, pero que de todas maneras estuvieran pendientes. Nos miramos con cara de “cómo se le puede ocurrir decir algo así”.
Llegamos a la casa de mi prima, todos se buscaban, los teléfonos muertos y explosiones de generadores por las calles. Pequeños fuegos artificiales que junto a una luna casi llena, iluminaban un Santiago negro.
Me reencontré con mi familia cuatro horas después, fui a mi casa, vi las cosas en el suelo y di gracias primero porque a pesar de la caída, mi televisor sobrevivió (El shock continuaba) y luego, por no haberme encontrado ahí en el momento. No hubiese podido soportar de la misma forma las cientos de réplicas que vinieron en los meses siguientes.
Nada terrible, ninguna desgracia. Sólo una historia no traumática entre muchas. Lo peor no se sabía y serían en las horas siguientes que conoceríamos la realidad del sur azotado y desvalido.
Ha pasado un año y aun guardo ese mensaje, no sé por qué. Es el único que no he borrado. Casi doce meses han pasado y lo que nos quitó ese terremoto fue la ilusión, la creencia de que vivíamos en un país estructurado, donde las instituciones y los liderazgos funcionaban.
Para mí fue desempolvar la realidad para por primera vez en años mirarla y encontrarme con una zona rural pobre, abandonada, desesperanzada. Este movimiento feroz hizo gritar desgarradoramente que Santiago no es Chile y que aún nos falta mucho para pensar si quiera en ser un país desarrollado, justo y generoso.
La reconstrucción del país va lenta, la material y la espiritual, el 27 de febrero y prácticamente todo el 2010, sacó lo mejor y lo bajo de nosotros; y lo que es peor, ya nadie recuerda y sin memoria será mucho más difícil salir adelante.
