Recordatorio

6 01 2011

 

“Juega, danza, baila y canta, que cuando haces esas cosas, ella(yo) se siente feliz”

 

Recuerdo el dibujo con que empieza el Principito en que los adultos veían un sombrero, cuando realmente era un elefante engullido por una serpiente. Qué más claro y que más representativo de lo que supuestamente significa ser adulto.

Las cosas de la adultez son serias. El trabajo, la religión, la política, la economía, la “moral”, el dolor, las noticias; son todos elementos de nuestra vida, nos gusten o no, y tienen o han logrado un nivel de gravedad que es ineludible. Pareciese ser que madurar significa transformamos en personas grises absorbidas por la cotideanidad, por la rutina donde los espacios para reírnos incluso de nosotros mismos, son cada vez más pequeños.

Olvidamos que primero que nada hay que vivir y por lo menos yo, quiero una buena vida, una con risas a pesar de la pena, una bailada aunque a veces mi mundo se caiga a pedazos.

Haciendo memoria de los trabajos que más he querido, todos están relacionados con jugar, juego a que trabajo, casi como la rutina del Chavo en que emocionado le explica a Quico lo que van a hacer: “Y luego vamos,y decimos y después… y ¡záz!”. Es ahí donde me he sentido más satisfecha de lo realizado porque obviamente en lo hecho dejé mi corazón.

De grandes olvidamos jugar y creo que eso está relacionado a como perdemos pasión por lo que hacemos, por lo que disfrutamos y a quiénes tenemos al lado. Gozar como lo hacíamos cuando niños no nos hace peores profesionales, padres (tíos en mi caso) irresponsables, sino todo lo contrario, pues nos conectamos con nuestros gustos y aquello que nos hace vibrar. Esa alegría, pasión, como quieran llamarle reivindica lo  primordial que es, la vida misma.

Es así como mi 2011 es eso, volver a bailar, a cantar y a jugar como un modo de apasiguar esta sobrerevolucionada cabeza que bombardea con peros y críticas, como una forma de revivir la pasión, como una salida a esta sociedad monótona que se espanta con las risas a altos desibeles, como una invitación a recobrar la imaginación sin límites que me permitía cocinar un tronco como si fuera jabalí a los seis años y que hoy se puede transformar en el más ambicioso de los proyectos.

Si, soy muy feliz bailando, cantando, riendo y jugando. El desafío está en no olvidar cuánto disfruto hacerlo y como le quita esa falsa seriedad a las cosas importantes.

 








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