Horacio D’Ottone, más conocido en el antiguo medio puzzlista como Donato Torechio, escribió más de 10 mil puzzles compactos en diferentes medios nacionales, siete mil de ellos en el Mercurio y de estos, los más célebres eran los de la Revista del Domingo.
Semana a semana muchos chilenos se azotaban e imprecaban en su contra al no encontrar la solución a las palabras y conceptos que proponía, y más de una vez los retos pasaron por sus hijas y sus nietos: Dígale a su abuelo que deje de inventar palabras o ¡y a quién le importa quién es esa tía!
De profesión ingeniero comercial, trabajó en el Banco Central, en la Unión Panamericana (predecesor de la OEA) y en el BID. También dedicó largos años de su vida a la docencia enseñando estadística, lo que mantuvo hasta una semana antes de morir, en la Escuela de Administración Pública.
Todo esto forma un currículum impresionante, pero su gran pasión era la historia de Chile, los datos grandes y pequeños que nos formaron como país. Con su muerte se cerró una fuente de información para medios y periodistas que constantemente lo llamaban en la búsqueda de alguna referencia.
Nunca le dije Donato, tampoco Horacio… sólo era mi Tata.
Hoy cumpliría 88 años, habría visto el cambio de milenio, la caída del Chino Ríos (de quién era su hincha número uno), la primera mujer en la presidencia, la llegada de un gobierno de derecha, el matrimonio de varios de sus nietos y sería bisabuelo en más de una oportunidad.
Lo imagino chocho en esa condición, tanto como lo era con nosotros; con esa mirada afable y ese escucharnos como personas, no como niños; que nos hacía reír haciendo tonteras como taparse un ojo mientras hacía zigzaguear el auto, que nos llevaba religiosamente a la piscina del Banco Central durante todo el verano y que por unos días nos invitaba a disfrutar de sus vacaciones con mi abuela en Punta de Tralca.
En esa época éramos ocho bestias desatadas por las cabañas, a él le importaba que estuviéramos para tomar desayuno, almorzar, tomar once y comer. Lo que hiciéramos entre medio, era cuestión nuestra. Cómo no lo íbamos a querer.
De él recuerdo su humor, negro e irreverente, nuestras largas conversaciones sobre cosas que sin duda el ya sabía, pero que yo contaba como si hubiese descubierto el hilo negro. Aprendí de su gran amor por el país, por el saber y por las palabras… pero por sobre todo, en mi memoria está lo satisfecho que estaba con su vida.
El día que enfermó, un domingo de ramos, fui a verlo con mi hermano. Llegamos y le dijimos que lo taparan con diario, se rió. También le preguntamos qué flores quería para su funeral, dijo claveles blancos, luego se quedó pensando un rato y dijo: No… quiero rosas, rosas blancas. Hablamos un par de cosas, me regaló un calendario de murales de Chile y se quedó dormido, serían sus últimas palabras.
Una semana después, posterior a la muerte del Cardenal Raúl Silva Henríquez, una llamada a las tres de la mañana iniciaba una carrera a la clínica para besar su mejilla aun tibia, mientras mi abuela, lo amortajaba a la antigua usanza.
A su funeral llegaron amigos, ex alumnos (algunos papás de compañeros míos), buses con alumnos de la época, políticos y familia, era tanta gente y tanta la pena que es difícil recordar con precisión. Durante los días previos y esa mañana escuché historias maravillosas y divertidas de él que me llenaron aún más de orgullo por ser parte de su vida.
También recibí muestras de cariño y condolencias de personas que nunca imaginé que tenían relación con él. Profesores en la universidad, amigos que se habían enterado porque lo habían contado en sus clases de periodismo. Todos esos homenajes póstumos sólo ratificaron que más allá del profesional, fue una buena persona.
Hoy si cierro los ojos, lo veo plácido, enfundado en su ecléctico estilo para vestir encabezado por una guayabera. Sus lentes de gruesos marcos negros colgando de su cuello, con más de algún resto de comida y con una sonrisa eterna, como si su muerte hubiese sido la mejor de sus bromas, y que frente a esta, lo único que nos queda es hacer como él… reír.
Foto: La última que le tomé un par de años antes de que muriera. Era una tarde de invierno no tan fría y pasamos horas conversando con él y mis primas. Esta foto fue la que usamos en su funeral.
