Casi un año atrás hubo un terremoto ¿recuerdas?

9 02 2011

 

Mensaje de texto, viernes 26 de febrero 2010

En la noche asado donde la Sole, ¿Te animai?

Una semana antes había quedado de ir a la Batuta a escuchar unas bandas tributo a Radiohead, Alice in Chains y Pearl Jam, así que esa noche fui al asado y cerca de la media noche, partí a reunirme con mi prima Pau, Su y Coke para disfrutar de una noche de rock.

Las horas avanzaban y ya un imitador de Vedder entonaba esos himnos de los noventas, hasta que llegó Evolution. El público saltaba y cantaba efusivamente. De pronto paro a mi prima para decirle que era increíble como el piso se movía con los saltos de la masa, mi prima se tranquiliza y me mira con cara de asombro, ambas nos reímos al mismo tiempo impactadas por el movimiento.

Todo fue muy rápido, recuerdo el coro: “It’s evolution baby” y la tierra comenzó a sacudirse con fuerza. Una estampida subía la angosta escalera que separa la “platea” del escenario y la pista de baile. Había gritos, vasos quebrándose. No recuerdo en qué momento se cortó la luz, sólo una bola de espejos amenazante, nosotros cuatro que nos mirábamos abrazados, buscando la tranquilidad en nuestros ojos: -“Estamos todos bien”- Alguno dijo, nos aferramos nuevamente, buscamos un lugar donde no fuera posible que nos cayera algo encima y esperamos los tres y algo minutos más largos que pueda recordar.

Yo repetía en voz alta: “Esto no es un temblor cualquiera, esto es un terremoto” No llegaba a dimensionar cuán nerviosa y shockeada estaba.

No terminaba de temblar y llama mi hermano, aunque no pudimos hablar. Luego mi madre, quien me suplicó que no regresara a mi departamento y me quedara con mi prima.

Sin luz, salimos del local, vidrios rotos por todas partes y dos chicas que tratando de hablar por teléfono, se preguntaban dónde habría un After hour.

Llegamos al auto, no más de 15 minutos de terminado el terremoto. Radio, la Presidenta diciendo que no hay riesgo de tsunami, pero que de todas maneras estuvieran pendientes. Nos miramos con cara de “cómo se le puede ocurrir decir algo así”.

Llegamos a la casa de mi prima, todos se buscaban, los teléfonos muertos y explosiones de generadores por las calles. Pequeños fuegos artificiales que junto a una luna casi llena, iluminaban un Santiago negro.

Me reencontré con mi familia cuatro horas después, fui a mi casa, vi las cosas en el suelo y di gracias primero porque a pesar de la caída, mi televisor sobrevivió (El shock continuaba) y luego, por no haberme encontrado ahí en el momento. No hubiese podido soportar de la misma forma las cientos de réplicas que vinieron en los meses siguientes.

Nada terrible, ninguna desgracia. Sólo una historia no traumática entre muchas. Lo peor no se sabía y serían en las horas siguientes que conoceríamos la realidad del sur azotado y desvalido.

Ha pasado un año y aun guardo ese mensaje, no sé por qué. Es el único que no he borrado. Casi doce meses han pasado y lo que nos quitó ese terremoto fue la ilusión, la creencia de que vivíamos en un país estructurado, donde las instituciones y los liderazgos funcionaban.

Para mí fue desempolvar la realidad para por primera vez en años mirarla y encontrarme con una zona rural pobre, abandonada, desesperanzada. Este movimiento feroz hizo gritar desgarradoramente que Santiago no es Chile y que aún nos falta mucho para pensar si quiera en ser un país desarrollado, justo y generoso.

La reconstrucción del país va lenta, la material y la espiritual, el 27 de febrero y prácticamente todo el 2010, sacó lo mejor y lo bajo de nosotros; y lo que es peor, ya nadie recuerda y sin memoria será mucho más difícil salir adelante.





Terminar con un encantador

5 02 2011

Hay un error desde el título de este post. Nunca se termina con un encantador, porque nunca se empezó con él.

El encantador te envuelve, con palabras, con gestos y cariños, pero es sólo cáscara e ilusión. Sirven claro y si se estuviera en la misma disposición, sin duda sería una experiencia gratificante y placentera para ambos.

Cuando este no es el caso, existe un encantador donde es imposible hablar de una relación horizontal, no. Hay alguien que inconscientemente está dispuesta a ser encantada y el embrujo tapa los vacíos disfrazándolos con cualquier excusa que nuestra cabeza pueda inventar.

Esto hasta que la burbuja se rompe y vemos que todos los encuentros y todas las palabras tenían un objetivo claro que envueltos en una nube rosa no podíamos identificar.

Y una al mirar todo en perspectiva podría sentirse mal, tonta, utilizada, pero no. Esa es la misión del Don Juan, hacernos creer que somos únicas y especiales por ese breve instante que quisiéramos fuera toda la vida.

No voy a hablar mal de ellos, no tengo rencor, por lo menos a mi me trajo fantasía hasta que ésta ya no fue suficiente, hasta que ya no es que hiciera mal, pero tampoco hacía bien. Al contrario, creo en la gratitud y el cariño por las experiencias.

Pero el encantador es sólo eso, aire, que al momento de traerlo a la realidad ni siquiera acusará recibo del final. Incluso falsamente acongojado, seguirá intentándolo porque él es atemporal, libre. Siempre bello, siempre adorable pero al mismo tiempo vacío e impenetrable.





Sobre la gordura, parte II

4 02 2011

Hace casi tres años, escribía sobre la gordura, sobre la mía obvio y las reflexiones que una cuasi operación me habían precipitado.

Hoy, 20 kilos menos, otra cuasi operación y un terremoto que removió cosas que creía no eran parte de los kilos, me obligan a hacer una actualización a las cosas que dije ese abril del 2008.

Está recontra dicho que un tratamiento serio de la obesidad tiene que estar monitorieado por un grupo de profesionales. Yo opté por el equipo del Centro de Tratamiento de la Obesidad (CTO) de la Universidad Católica. Con ellos aprendí algunas cosas que creo que pueden ser útiles para quiénes como yo, se enfrentan día a día a una autoimagen disminuida, a segregación, a calores espantosos y a enfermedades que no tendrían por qué estar amenazando su salud.

Aprendí que la idea es nunca estar a dieta, eliminar esa terrible palabra del vocabulario y de la cabeza. El cambio está en comer diferente, en no saltarse ninguna de las cinco comidas diarias (y a veces eso cuesta), a que comer cosas calóricas a veces es permitido cuando sumamos a nuestra vida el ejercicio periódico.

También aprendí a identificar aquellos sentimientos que me hacían comer en exceso. ¿Cómo? Muy simple, se hace una tabla en donde se escriben las veces que comemos de más o de menos. Qué comimos, a qué hora, qué pasó en ese momento, qué sentimiento asociado estaba presente y que acción puede reemplazar el atracón o el no comer. Por ejemplo: Me salté una comida, estaba trabajando, no hay un sentimiento asociado sino que simplemente lo olvidé por estar concentrada en otra cosa, pero puedo poner una alarma que me recuerde que debo comer.

Después de un par de semanas, sorprendentemente se logra sacar un patrón y reconocer nuestras acciones frente a la comida.

En mi caso, descubrí que yo no cambio mis hábitos frente a la pena, como Hollywood y sus películas generalmente grafican en los chicflicks, sino con la rabia.

Otra cosa que me pareció importante es la relación que tenemos con la comida para castigarnos o premiarnos, la idea es que la comida sea parte de nuestra vida, que la disfrutemos, pero no que sea un medio de gratificación o castigo, eso genera una dependencia bastante enfermiza con ella, genera culpas, frustraciones, le da poder sobre nosotros y debe ser todo lo contrario.

No es fácil, sigo luchando con los 10 kilos que aún me quedan por bajar, pero ya no corro riesgo cardiovascular, ya me siento bien con mucha de la ropa que tengo, es más, hay mucha que sencillamente tengo que regalar. Ya puedo subir una escalera sin jadear, ya puedo caminar más que Kung Fu y no tener repercusiones al día siguiente. Me siento orgullosa.

Más allá de esto, lo importante es que ganarle a la historia, botar las trancas sobre el cuerpo, sobre lo que la sociedad con sus Activias y Nexts nos dicen que es un cuerpo sano; es que bajar de peso es un camino para volver a querernos, para devolvernos el control de nosotros mismos, de sentirnos bien, de salud y de brillar con algo que estaba bajo muchos kilos de grasa y que curiosamente no era opacado por ellos, sino por lo que creíamos que significaba ser obesa en el mundo.





Y si no es la shalabota ¿Qué?

1 02 2011

Lo digo, el calzado de moda en las últimas temporadas veraniegas, la shalabota, es lo más nefasto que la industria ha lanzado en años, incluso más aún que la bota blanca con flecos de aquellos eclécticos ochentas y eso, es mucho decir.

Partamos por el principio. ¿Qué es? ¿Es una chala (sandalia) o es una bota?

Si es lo primero, para qué ponerte algo que te va hacer transpirar tanto, que a la semana será inutilizable. Si es lo segundo, estarán conmigo que no resiste análisis que sean ocupadas en invierno.

Otro punto a considerar es que a pesar de sus múltiples presentaciones: planas o taco alto, de tela o cuero, tipo hawaiana, con aplicaciones, colores lisos o animal print, de caña, media caña o según últimos informes, de media pierna; a menos que tengas un metro y medio de pierna y peses 58 kilos, éstas no se ven bien.

Y vamos, sabemos que el promedio de talla de nosotras las mujeres chilenas, dista bastante de esa realidad.

Más que ver este deleznable artículo en los pies del 80% de mis coterráneas, la pregunta que salta inmediatamente es ¿Qué nos ponemos las mujeres restantes?

Asumo que no soy una persona a la que le sea fácil encontrar las chalas, zapatillas, botas – o lo que sea que cubra mis pies- ideal, es más, si quisiera desearle mal a alguien sin dudar le pediría que me acompañara en una cruzada en busca de zapatos, pero lo que actualmente nos ofrece el mercado en calzado veraniego es deprimente.

Las alternativas que nos quedan, son sandalias extremadamente planas cuya consecuencia puede ser similar incluso al uso del taco aguja o chalas de cuero tipo hawaiana, que en lo personal me hacen pedazos los pies, ballerinas o finalmente zapatos que mi abuelita de 92 no usaría por ser anticuados.

¿Cuál es la solución entonces? ¿Hasta cuándo el mercado nos obliga a usar lo que no nos gusta? ¿Hasta cuándo la moda se impone entre cuatro paredes y millones las siguen porque simplemente no hay alternativas?

No pretendo ser una talibana del calzado, pero mi metro 59 y piernas regordetas, no me permiten otra alternativa.

¿Qué dirá Tim Gunn sobre esto? Sin duda, en su lista de clásicos que no pueden faltar en tu closet no están, ni nuca lo harán.








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